El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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D’Artagnan, arrimado a la pared, al lado del superintendente, con la mano en la cabeza y la mirada fija, no acertaba a explicarse aquel prodigio. De pronto no pudiera haber dicho por qué dudaba; pero es seguro que sabía que había tenido razón al dudar, y que en aquel encuentro de los dos Luises, estaba todo el misterio que, durante aquellos últimos días, hizo tan sospechosa al mosquetero la conducta de Aramis.

Sin embargo, D’Artagnan, como los actores todos de aquella escena, no veía claro; parecía nadar en las nieblas de un pesado sueño.

De pronto, Luis XIII, más impaciente y más acostumbrado a mandar, se abalanzó a los postigos y los abrió de par en par rasgando las colgaduras, dando con ello paso a una oleada de luz que inundó de claridad el dormitorio e hizo retroceder a Felipe hasta la alcoba.

—Madre —exclamó Luis aprovechando con ardor el movimiento de Felipe y dirigiéndose a Ana de Austria—; madre, ya que aquí han desconocido todos a su rey, ¿no conocéis vos a vuestro hijo?

Ana de Austria se estremeció y levantó las manos hacia el cielo sin poder articular palabra.

—Madre —dijo Felipe con voz tranquila—, ¿no conocéis a vuestro hijo?

Luis retrocedió a su vez.


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