El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Ana de Austria, herida en su razón y en su alma por el remordimiento, perdió el equilibrio, y como nadie la socorrió por estar todos petrificados, cayó en su sillón exhalando un débil suspiro.

Luis XIV, no pudiendo soportar aquel espectáculo y aquella afrenta, se abalanzó a D’Artagnan, de quien empezaba a apoderarse el vértigo, y que se tambaleaba rozando la puerta que le servía de apoyo, y exclamó:

—¡A mí, mosqueteros! Miradnos a los dos cara a cara y ved cuál de las dos está más pálida.

Aquella voz despertó a D’Artagnan y removió en su corazón la fibra de la obediencia. Así pues, el mosquetero irguió la frente, y, sin vacilar más, se acercó a Felipe, le sentó la mano en el hombro y le dijo:

—Daos preso, caballero.

Felipe no levantó los ojos hacia el cielo, ni se movió del sitio en que se encontraba como si hubiese echado raíces en él; lo único que hizo fue clavar una intensa mirada en su hermano, reprochándole con sublime silencio todas las amarguras y todos sus martirios venideros. Ante aquel lenguaje de alma, Luis, sin fuerzas, bajó los ojos, y llevándose precipitadamente consigo a su hermano y a su cuñada, abandonó a su madre tendida y sin movimiento a tres pasos del hijo a quien por segunda vez dejaba condenar a muerte.

Felipe se acercó a Ana de Austria, y con voz dulcísima y noblemente conmovida, dijo:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker