El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Madre, madre mÃa, si yo no fuese vuestro hijo os maldecirÃa por haberme hecho tan desgraciado.
D’Artagnan sintió hielo en la médula de sus huesos, y saludando respetuosamente al joven prÃncipe, le dijo medio encorvado:
—Monseñor, perdonadme, no soy más que un soldado, y mis juramentos me ligan al que acaba de salir de este aposento.
—Gracias, señor de D’Artagnan. Pero ¿qué ha sido del señor de Herblay?
—El señor de Herblay está a salvo, monseñor —dijo una voz tras ellos—, y mientras yo aliente o esté libre, nadie le tocará un cabello.
—¡Ah!, ¿sois vos, señor Fouquet? —repuso Felipe sonriéndose con tristeza.
—Perdonadme, monseñor —replicó el superintendente—; pero el que acaba de salir de aquà era mi huésped.
—A eso le llamo yo ser buenos y dignos amigos —murmuró Felipe exhalando un suspiro—. Ellos me hacen desear el mundo. Señor de D’Artagnan, os sigo.
En el instante en que el capitán de mosqueteros iba a salir, apareció Colbert, entregó a aquél una orden del rey y se retiró.
D’Artagnan estrujó con rabia el papel.
—¿Qué es ello? —preguntó el prÃncipe.
—Leed, monseñor —contestó el mosquetero.