El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Aramis y Porthos aprovecharon el tiempo que les concedió Fouquet.
Porthos no comprendÃa para qué género de comisión le obligaban a desplegar tal velocidad; pero al ver que Aramis arreaba a su cabalgadura, él no le iba a la zaga. Asà pronto se encontraron a doce leguas de Vaux, luego hubo necesidad de cambiar de caballos y organizar un servicio de postas.
Allà fue donde Porthos se aventuró a interrogar discretamente a Aramis.
—¡Chitón! —replicó Herblay—; contentaos con saber que nuestra fortuna depende de nuestra rapidez.
Como si Porthos hubiera sido todavÃa el mosquetero sin blanca de 1626, siguió adelante, movido por la mágica palabra «fortuna».
—Van a hacerme duque —dijo en alta voz y hablando consigo mismo.
—Puede que sà —replicó Aramis sonriéndose a su modo.