El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Aramis tenía la cabeza hecha un volcán, la actividad de su cuerpo no había conseguido sobreponerse a la de su espíritu en el camino real, y libre de entregarse a lo menos a las impresiones del momento, Herblay vomitaba una blasfemia a cada tropiezo de su cabalgadura y a cada desigualdad del terreno. Pálido y cubierto de hirviente sudor, clavaba despiadadamente las espuelas en los ijares de su montura.

AsĂ­ corrieron por espacio de ocho largas horas los fugitivos, hasta que llegaron a Orleans.

Eran las cuatro de la tarde, y Aramis, al interrogar sus recuerdos, dio por cierto que toda persecuciĂłn era imposible. Admitiendo la persecuciĂłn, que, por otra parte, no era manifiesta, los fugitivos tenĂ­an una ventaja de cinco horas sobre sus perseguidores.

Para Herblay, no habrĂ­a sido imprudente descansar, pero seguir adelante era asegurar la partida.

Dio, pues, a Porthos el disgusto de montar nuevamente a caballo, y ambos devoraron el espacio hasta las siete de la tarde, hora en que se apearon en una venta.

No les faltaba más que una posta para llegar a Blois; pero un contratiempo diabólico vino a sembrar la alarma en el corazón de Aramis. En aquella posta no había caballos.


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