El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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El prelado se preguntó por qué infernal maquinación sus enemigos habían conseguido quitarle el medio de ir más alá, a él que no tenía por Dios al acaso y veía en todo resultado una causa. Pero en el instante en que iba a dar rienda a su enojo para obtener una explicación o un caballo, se le ocurrió una idea: se acordó de que el conde de La Fere vivía en las cercanías.

—No viajo ni hago posta entera —dijo Herblay al maestro de postas—. Dadme, pues, dos caballos para ir a visitar a un señor amigo mío que mora no lejos de aquí.

—¿Qué señor? —preguntó el maestro de postas.

—El señor conde de La Fere.

—¡Ah! —repuso el maestro descubriéndose con respeto—. No puedo proporcionaros dos caballos, pues todos los tiene acaparados el señor duque de Beaufort.

—¿El señor duque de Beaufort? —repuso Aramis con disgusto.

—Con todo —continuó el maestro de postas—, si os place serviros de un carretón, haré enganchar a él un caballo ciego al que sólo le quedan los remos, y así podréis llegar a casa del señor conde de La Fere.

—Esto vale un Luis —repuso Herblay.

—No, señor, sino un escudo.

—Os daré un escudo, pero eso no menoscaba para nada mi derecho a daros un luis por vuestra buena ocurrencia.


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