El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —He aquà en dos palabras lo que pasa: he conspirado contra el rey, la conspiración ha abortado, y a esta hora es indudable que me buscan.
—¡Os buscan!… ¡una conspiración!… Pero ¿qué estáis diciendo, amigo mÃo?
—La triste verdad. Estoy perdido.
—Pero Porthos… ese tÃtulo de duque… ¿qué significa todo eso?
—Ésta es la causa de mi pesadumbre mayor; esta mi herida más profunda. En la creencia de un triunfo infalible, arrastré a Porthos en mi conjuración, a la que aplicó todas sus fuerzas, sin saber absolutamente nada, y hoy está comprometido y perdido como yo.
—¡Dios santo! —exclamó el conde volviéndose hacia Porthos, que le dirigió una sonrisa de cariño.
—Es menester que lo comprendáis todo —prosiguió Aramis—. Escuchadme.
Y Herblay contó la historia que ya conocemos.
—Era una grande idea —repuso el conde—, pero también una falta muy grande…
—De la que estoy castigado —exclamó Aramis.
—Por eso no os revelaré por entero mi pensamiento.
—No temáis en manifestármelo.
—Pues bien, lo que habéis hecho vos es un crimen.
—Capital, lo sé; es crimen de lesa majestad.
—¡Pobre Porthos! —dijo el conde.