El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿Qué queréis que haga? Ya os he dicho que el triunfo era seguro.
—Fouquet es hombre honrado.
—Y yo un necio por haberle juzgado tan mal —dijo Aramis—. ¡Oh sabidurÃa de los hombres!, ¡oh muela inmensa que tritura un mundo, y que a lo mejor es detenida por el grano de arena que cae no se sabe cómo en sus rodajes!
—Decid por un diamante, Herblay. En fin, ya el mal no tiene remedio. ¿Qué pensáis hacer?
—Me llevo conmigo a Porthos, pues el rey nunca querrá creer que nuestro buen amigo ha obrado candorosamente creyendo que al hacer la que ha hecho servÃa a su soberano. PagarÃa con su cabeza mi falta, y no lo consiento.
—¿Adónde os le lleváis?
—Primeramente a Belle-Isle, que es un refugio inexpugnable; luego, y en una embarcación que tengo preparada, nos trasladaremos a Inglaterra, donde estoy bien relacionado.
—¿Vos a Inglaterra?
—O a España, donde todavÃa tengo más amigos.
—Al desterrar a Porthos, le arruináis, pues el rey confiscará sus bienes.
—Todo está previsto. Una vez en España, arbitraré la manera de reconciliarme con Luis XIV y de hacer que Porthos entre nuevamente en su gracias.