El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Por lo que veo, gozáis de gran valimiento —dijo Athos con discreción.
—Muy grande, y al servicio de mis amigos, amigo Athos —dijo Aramis acompañando sus palabras de un sincero apretón de manos.
—Gracias —repuso el conde.
—Y pues parece que viene rodado, perdonad que os diga que también vos y Raúl estáis descontentos a causa de los agravios que os ha inferido el rey. Imitad nuestro ejemplo. Pasad a Belle-Isle, y luego veremos… Os doy palabra de que dentro de un mes habrá estallado la guerra entre Francia y España a causa de ese hijo de Luis XIII, que es también infante, y al cual Francia detiene inhumanamente. Ahora bien, como Luis XIV no querrá que por esta causa se encienda una guerra, os garantizo una transacción cuyo resultado será la grandeza de Porthos y mÃa, y un ducado en Francia para vos, que ya sois grande de España. ¿Aceptáis?
—No; prefiero tener algo que echar en cara al rey; es un orgullo natural entre los de mi linaje el aspirar a la superioridad sobre las estirpes reales. Si yo hiciese lo que me proponéis, quedarÃa obligado al rey, y cuanto ganarÃa en lo material, lo perderÃa en mi conciencia. Gracias.
—Pues dadme dos cosas: vuestra absolución…
—Si realmente os habÃais propuesto vengar al débil y al oprimido contra el opresor, os la doy, Aramis.