El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Está dando la última mano a sus maletas —respondió el interpelado.
—¡Cómo! ¿Se va el señor Planchet?
—SÃ, señor, dentro de poco.
—Pues hacedme la merced de decirle que el señor conde de La Fere desea hablar con él.
Uno de los empleados, sin duda acostumbrado a oÃr pronunciar con el mayor respeto el nombre del conde de La Fere, fue a avisar inmediatamente a Planchet.
Planchet, dejó su ocupación y acudió apresuradamente, diciendo con verdadera alegrÃa:
—¡Ah! señor conde, ¿qué buena estrella os trae?
—Mi querido Planchet —repuso Athos—, me trae el deseo de saber de vos… ¡Pero en qué tráfago os encuentro! Estáis blanco como un molinero ¿Dónde os habéis metido?
—¡Ah!, ¡diantre! cuidado, señor conde, cuidado, no os acerquéis a mà hasta que me haya sacudido bien.
—¿Por qué? Harina o polvo no hacen más que blanquear.
—No, no, eso que veis en mis brazos es arsénico.
—¿Arsénico?
—SÃ, señor estoy haciendo mis provisiones para los ratones.
—Es verdad, en una tienda como esta los ratones abundan.