El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No me ocupé de esta tienda, señor; conde: los ratones se han comido en ella más que me comerán.

—¿Qué queréis decir?

—Podéis haberlo visto, señor conde: hacen mi inventario.

—¿Os retiráis?

—Sí, señor conde, traspaso mi tienda a uno de mis empleados.

—¿Conque ya estáis bastante rico?

—Le he tomado aversión a la ciudad, no sé si porque envejezco, y porque, al envejecer, como me dijo una vez el señor de D’Artagnan, uno piensa con más frecuencia en la juventud; pero hace algún tiempo que el campo y la huerta me atraen. —Y acompañando de una sonrisa un tanto presuntuosa, añadió—: En mis mocedades fui campesino.

—¿Vais a comprar algunas tierras? —preguntó Athos.

—Una casita en Fontainebleau y unas veinte fanegas en los alrededores de ella.

—Os doy mi enhorabuena. Planchet.

—Pero estamos muy mal aquí, señor conde; ese maldito polvo os hace toser, y no quiero envenenar al más cumplido caballero del reino.

—Sí, hablemos aparte —dijo Athos—: en vuestra habitación, por ejemplo, porque tendréis un cuarto particular…


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