El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—La señora ya está avisada, y habrá tenido tiempo…

—No Planchet. Adiós.

—No me deis el disgusto de quedaron en la escalera, señores, ni de salir de mi casa sin haberos sentado.

—De haber sabido nosotros que ahí arriba había una dama —dijo Athos con su habitual serenidad— os habríamos pedido permiso para saludarla.

Planchet quedó tan cortado por aquella exquisita impertinencia, que forzó el paso y abrió por sí mismo la puerta para hacer entrar al conde y a su hijo. Truchen, ya completamente vestida con traje de tendera rica y coqueta, y mirando con sus ojos alemanes con mezcla de francés a los recién llegados, hizo a cada uno de éstos una reverencia y se bajó a la tienda, aunque no sin antes haber pegado el oído a la puerta para saber qué dirían de ella a Planchet los hidalgos visitadores; pero como Athos se lo figuró, no dijo una palabra respecto del particular. En cambio no tuvo otro remedio que escuchar a Planchet, que le contó sus idilios de felicidad, traducidos en un lenguaje más casto que el de Longo, y acabó diciendo que Truchen había hecho el encanto de su edad madura, y traído la bendición a sus negocios, como Ruth a Booz.

—Sólo os faltan herederos de vuestra prosperidad —repuso Athos.


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