El hombre de la máscara de hierro

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—Si tuviese uno, no le tocarían menos de trescientas mil libras —replicó Planchet.

—Pues es menester que lo tengáis —dijo sosegadamente Athos—, para que no se pierda vuestra fortunita.

La palabra «fortunita» puso a Planchet en su fila, como en otro tiempo la voz del sargento cuando aquél era piquero del regimiento del Piamonte, donde lo colocó Rochefort.

Athos comprendió que el droguero se casaría con Truchen, y que formaría un árbol genealógico. Y esto le pareció tanto más evidente, cuando supo que el sirviente a quien Planchet vendía su tienda era primo de Truchen, encarnado como un alelí, de encrespados cabellos y cargado de hombros.

El conde de La Fere sabía cuánto puede y debe saberse sobre la suerte de un droguero. Porque la verdad es que Athos comprendió, y dijo sin transición:

—¿Dónde está el señor de D’Artagnan, que no le han encontrado en el Louvre?

—Ha desaparecido, señor conde.

—¡Desaparecido! —exclamó Athos con sorpresa.

—Ya sabemos lo que esto significa, señor conde.

—No yo.

—Cuando el señor de D’Artagnan desaparece, es siempre por alguna comisión o algún negocio.

—¿Os ha dicho algo?

—Nunca me dice nada.


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