El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Sin embargo, tiempo atrás supisteis su viaje a Inglaterra.
—A causa de la especulación —replicó atolondradamente Planchet.
—¿Qué especulación?
—Quiero decir… —protestó Planchet.
—Bien, bien, vuestros asuntos, asà como los de vuestro amigo, nada tienen que ver; sólo me ha llevado a interrogaros el interés que el señor de D’Artagnan nos inspira. Ahora bien, como el capitán de mosqueteros no está aquÃ, y no podéis decirnos dónde está, nos vamos. Hasta la vista Planchet.
—Señor conde —dijo el droguero—, querrÃa poder deciros…
—De ningún modo, no soy yo quien recrimine la discreción a un servidor.
Esta palabra «servidor» hirió al semimillonario Planchet; pero el respeto y su natural bondad se sobrepusieron al orgullo.
—No es indiscreto deciros que el señor de D’Artagnan estuvo aquà el otro dÃa —repuso el droguero—, y que pasó largas horas consultando un mapa.
—Tenéis razón, amigo mÃo; no digáis más.
—Y como prueba aquà está el mapa —añadió Planchet.