El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Y presentó, en efecto, al conde de La Fere, un mapa de Francia, en el cual la mirada experta de aquél descubrió un itinerario punteado con pequeños alfileres.
Athos siguió con la mirada los alfileres y los agujeros, y vio que D’Artagnan debÃa haber tomado la dirección del MediodÃa, hacia el Mediterráneo, del lado de Tolón, hasta las inmediaciones de Cannes.
El conde se devanaba los sesos para adivinar qué iba a hacer D’Artagnan en Cannes, y qué motivos podÃa tener para ir a observar las márgenes del Var; pero nada sacó en claro.
—No importa —dijo Raúl, que tampoco atinó en el porqué del viaje del mosquetero, y dirigiéndose a su padre, que silenciosamente y con el dedo le hacÃa comprender la marcha de D’Artagnan—; no importa, se puede confesar que hay una providencia siempre ocupada en acercar nuestro destino al del señor de D’Artagnan. El va hacia Cannes y vos, señor, me acompañáis, a lo menos, hasta Tolón. Estad seguro de que más fácilmente lo encontraremos en nuestro camino que en este mapa.
Despidiéndose de Planchet, que estaba reprendiendo a sus dependientes, y con ellos al primo de Truchen, su sucesor, los dos hidalgos salieron para encaminarse a casa del duque de Beaufort, y a la puerta de la droguerÃa vieron un coche, depositario futuro de los encantos de Truchen y de las talegas del droguero.