El hombre de la máscara de hierro

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Este príncipe conservó, pues, su modo de vivir con esplendidez. ¿Cómo pagaba sus caballos, sus criados y su mesa? Nadie lo sabía, y él menos que los demás. Pero en aquel tiempo los hijos del rey gozaban de un privilegio, y es que persona alguna se negaba a convertirse en acreedor de ellos, ya por respeto, ya por devoción, o bien porque esperaban cobrar algún día.

Athos y Raúl encontraron la casa del príncipe revuelta como la de Planchet.

También el duque hacía inventario, es decir que distribuía a sus amigos, a sus acreedores, todo cuanto de valor había en su casa.

Para encontrar la entonces enorme cantidad de dos millones, que el duque juzgó necesario reunir para encaminarse al África, distribuía a sus antiguos acreedores valijas, armas, joyas y mue bles, lo cual era más magnífico que vender, y le reportaba el doble.

En efecto, ¿qué hombre a quien uno debe diez mil libras se niega a llevarse un regalo de seis mil, que tiene el mérito de haber pertenecido al descendiente de Enrique IV, y después de haberse llevado el regalo, no da otras diez mil libras a tan generoso señor?


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