El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Y asà fue. El duque levantó la casa; la cual no necesita un almirante si la tiene a bordo. Además, se deshizo de sus armas superfluas, pues iba a vivir entre cañones, y de sus joyas, que la mar podÃa devorar; pero en cambio tenÃa en sus cofres tres o cuatrocientos mil escudos.
Y en todas partes, en la casa, habÃa personas que creÃan robar a mansalva. El lo daba todo. La fábula oriental en que un árabe saqueando un palacio se apoderó de una olla en cuyo fondo habÃa un saco de oro, y a quien todos dejaron pasar sin inconveniente, era una verdad en casa del duque. Todos estaban contentos con llevarse algo.
Beaufort acabó por dar sus caballos y vació sus graneros. Además, se creÃa que si el duque hacÃa aquello era porque esperaba hallar mayor fortuna entre los árabe.
He aquà la situación, de la que se dio cuenta al instante con su mirada investigadora el conde de La Fere.
Éste encontró al almirante de Francia un poco aturdido, pues acababa de levantarse de una mesa de cincuenta cubiertos donde se bebió en abundancia a la prosperidad de la expedición, y al llegar a los postres, se abandonaron los restos a los criados y los platos vacÃos a los curiosos.
Beaufort se habÃa embriagado a una con su ruina y con su popularidad.