El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—He aquí mi edecán —exclamó el duque al ver a Athos y a Raúl—. Por aquí, conde; por aquí, vizconde.

Athos buscó un paso al través de los montones de ropa blanca y de vajilla que cubrían el suelo.

—He aquí vuestra comisión —dijo el príncipe a Raúl—. Yo la había preparado contando con vos. Id por delante hasta Antibes. ¿Conocéis el mar?

—Sí, monseñor, he viajado con el príncipe de Condé.

—Bueno. Haced que todas las garrabas estén dispuestas para escoltarme y conducir mis provisiones. Urge que el ejército pueda embarcarse, a más tardar, dentro de quince días.

—Así se hará, monseñor.

—Esta orden os confiere el derecho de visita y de requisa en todas las islas cercanas a la costa. En ellas haréis las levas y las requisas que en mi nombre os plazca hacer.

—Está bien, señor duque.

—Y como sois activo y trabajáis mucho, necesitáis mucho dinero.

—Yo creo que no, monseñor.

—Pues yo espero lo contrario. Mi mayordomo ha extendido unas libranzas de a mil libras cada una, pagaderas en las ciudades del Mediodía. Veros con él y os dará cien.


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