El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Conservad vuestro dinero —repuso Athos interrumpiendo al príncipe— para hacer la guerra a los árabes, tanto se necesita del oro como del plomo.

—Pues yo quiero ensayar lo puesto —replicó el duque—, además de que ya conocéis mi modo de pensar respecto de la expresión: mucho ruido, mucho fuego, y si es menester, desapareceré entre el humo. A vos os retengo, mi querido conde.

—No, monseñor, me voy con Raúl; la comisión que le habéis encargado es difícil y penosa, y por sí solo le costaría demasiado trabajo llenarla. Vos no notáis, monseñor, en que acabáis de conferirle un mando de primer orden.

—¡Bah!

—¡Y en la marina!

—Es verdad; pero un hombre como él hace cuanto se propone.

—Monseñor, en ningún otro hombre hallaréis más celo, más inteligencia y más valentía que en Raúl; pero si no pudiese efectuarse el embargo del ejército en el día que tenéis dispuesto, nadie más que vos tendría la culpa de semejante contratiempo.

—¡Toma!, ¿pues no me está riñendo mi amigo?

—Monseñor, para avituallar una escuadra, para concentrar una cuadrilla, para reclutar a los marineros, un almirante necesitaría tres meses, y Raúl es capitán de caballería, y no le concedéis más que dos semanas.


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