El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Pues yo os digo que él lo hará. También lo creo yo; pero le ayudaré.
—Ya he contado con vos, y aún espero que, una vez en Tolón, no le dejaréis partir solo.
—¡Ah! —exclamó Athos moviendo la cabeza.
—¡Paciencia! ¡Paciencia!
—Con vuestra licencia, monseñor.
—¿Os vais? Guárdeos Dios y la suerte os ayude.
—Adiós, monseñor, y que también os sea propicia la fortuna.
—Bien, empieza la expedición —dijo Athos a su hijo—. No hay vÃveres, ni reservas, ni flotilla de carga. ¿Qué van a hacer?
—Si todos hacen lo que yo —repuso Raúl—, no faltarán las vituallas.