El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Y con mayor razón, mi querido caballero —dijo Raúl—, cuando tenéis orden de matar a quien las crea.
—Porque cuanto más absurda es una calumnia —replicó el gascón—, más probabilidades tiene de popularizarse.
—No, D’Artagnan —repuso en voz baja Athos—, sino porque el rey no quiere que el secreto de su familia transpire entre el pueblo y cubra de infamia a los verdugos del hijo de Luis XIII.
—No digáis esas niñerÃas, Athos, o de lo contrario dejo de teneros por sensato. Por otra parte, ¿cómo podrÃa Luis XIII tener un hijo en la isla de Santa Margarita?
—Un hijo a quien habéis conducido vos aquÃ, enmascarado, en la barca de un pescador —dijo el conde de La Fere.
—¿Y de dónde habéis sacado vos que una barca de pescador?… —repuso D’Artagnan algo cortado.
—Una barca que os ha traÃdo aquà junto con la carroza que encerraba al preso, a quien vos llamáis monseñor. Ya veis que lo sé.
—Aunque esto fuese verdad —replicó el mosquetero, royéndose el bigote—; aunque fuese verdad que yo hubiese conducido aquà en una barca y con una carroza a un preso enmascarado, nada prueba que el preso sea un prÃncipe… de la casa real de Francia.