El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Eso preguntádselo a Aramis —contestó con frialdad el conde.
—¿A Aramis? —exclamó con turbación el mosquetero—. ¿Habéis visto a Aramis?
—Si, después del contratiempo que sufrió en Vaux. He visto al Aramis fugitivo, perseguido, perdido, y por él he sabido lo bastante para creer en lo que aquel desventurado ha grabado en la fuente de plata.
—He aquà cómo Dios se burla de lo que los hombres llaman sabidurÃa —repuso D’Artagnan con abatimiento—. ¡Buen secreto el que ya conocen catorce o quince personas! Athos, ¡maldito sea el azar que os ha puesto frente a mà en este asunto! porque ahora…
—¿Queréis decir que vuestro secreto se ha divulgado porque yo lo sé? —dijo Athos con severa dulzura—. ¡Ay! otros más pesados he guardado en mi vida, y si no, recorred vuestra memoria.
—Pero nunca tan peligrosos —replicó D’Artagnan con tristeza—. Sospecho que cuantos estén en este secreto morirán mal.
—Cúmplase la voluntad de Dios, D’Artagnan. Pero aquà está el gobernador.
D’Artagnan y sus amigos se identificaron otra vez con los papeles que les tocaba desempeñar.