El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Aquel gobernador, suspicaz y duro, y muy obsequioso con D’Artagnan, se limitó a poner buena cara a sus huéspedes y a observarlos atentamente. Athos y Raúl notaron que el gobernador buscaba con frecuencia y repentinamente ponerles en un aprieto, o sorprenderlos; pero ninguno de los dos se desconcertó; dando asà visos de verosimilitud, si no de verdad completa, a lo que dijera el mosquetero.
Acabada la comida, el gobernador se preparó para dormir la siesta.
—¿Cómo se llama ese hombre? tiene muy mal aspecto —dijo Athos en castellano a D’Artagnan.
—Saint-Mars —respondió el mosquetero.
—¿Conque va a ser el carcelero del joven prÃncipe?
—¿Acaso lo sé yo? ¿Quién sabe si voy a pasar toda mi vida en esta isla?
—¿Quién?, ¿vos? ¡Cá!
—Amigo mÃo, me encuentro en la situación de quien se halla un tesoro en medio del desierto. Quiere llevárselo, y no puede; quiere dejarlo, y no se atreve. El rey no me llamará, temiendo de que otro no vigile tan bien como yo, y al mismo tiempo me echará de menos sabiendo, como sabe, que, de cerca, nadie le servirá como yo. Por lo demás, sucederá lo que Dios quiera.