El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Por lo mismo que no sabéis nada fijo —replicó Bragelonne—, vuestro estado es transitorio y os volveréis a ParÃs.
—Preguntad a esos señores qué vienen a hacer en Santa Margarita —interrumpió Saint-Mars.
—Sabedores de que habÃa un convento de benedictinos en San Honorato, digno de ser visitado, y abundante caza en Santa Margarita, se han decidido a venir.
—Estoy a su disposición como a la vuestra —dijo Saint-Mars.
—Gracias —repuso el gascón.
—Y ¿cuándo parten? —prosiguió el gobernador.
—Mañana —respondió D’Artagnan.
Saint-Mars fue a hacer su ronda, y dejó al mosquetero solo con los supuestos españoles.
—Ved una vida y una sociedad que me fastidian —exclamó D’Artagnan—. Mando a ese hombre, y no puedo soportarle, ¡voto a mil rayos!… ¿Os gustarÃa matar conejos? El paseo resultará grato y poco fatigoso. La isla sólo tiene legua y media de longitud por media de anchura. Es un verdadero parque. Divirtámonos.
—Vayamos adonde queráis, D’Artagnan, no para divertirnos, sino para conversar con toda libertad.
El gascón hizo seña a un soldado, que comprendió, trajo escopetas para los tres hidalgos, y se volvió al fuerte.