El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Ahora —dijo el mosquetero—, respondedme a la pregunta que ha poco me ha hecho el maldito Saint-Mars: ¿Qué habéis venido a hacer aquí?

—Hemos venido para despedirnos de vos.

—¡Despediros de mí! ¡Cómo!, ¿parte Raúl?

—Sí.

—Apuesto que con el señor de Beaufort.

—Lo habéis adivinado, como siempre, amigo mío.

—La costumbre…

Mientras los dos amigos daban comienzo a su conversación, Raúl, con la cabeza pesada y el corazón henchido, se sentó en una musgosa peña, con la escopeta sobre las rodillas, y ora mirando la mar, ora el cielo, escuchando la voz de su alma, dejaba que poco a poco fuesen alejándose de él los cazadores.

—Raúl estás siempre triste, ¿no es verdad? —preguntó D’Artagnan a Athos al notar la ausencia de Bragelonne.

—De muerte —respondió Athos.

—Creo que exageráis. Raúl es de buen temple. Los corazones nobles como el suyo, tienen una segunda envoltura como una coraza. La primera sangra, la segunda resiste.

—No —repuso Athos—, Raúl morirá de esta.

—¡Voto al diablo! —exclamó D’Artagnan poniéndose sombrío. Después preguntó:

—¿Por qué le dejáis partir?


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