El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Porque así lo quiere él.

—¿Y por qué no lo acompañáis?

—Porque no quiero verle morir —D’Artagnan miró en la cara al conde.

—Vos sabéis que pocas cosas me han dado miedo en mi vida —repuso Athos apoyando el brazo en el de su amigo—. Pues bien, tengo un miedo incesante, insuperable; temo llegar al día en que sostendré entre mis brazos el cadáver de ese pobre muchacho.

—¡Oh! —exclamó D’Artagnan—. ¡Cómo! ¡Venís a poneros en presencia del hombre más valiente que decís haber conocido, de vuestro D’Artagnan, del hombre sin igual, como le nombrabais en otro tiempo, y con los brazos cruzados le decís que teméis a vuestro hijo muerto, cuando habéis visto cuanto verse pueda en este mundo! ¿A qué ese miedo, Athos? en la tierra, el hombre debe esperarlo y afrontarlo todo.

—Escuchad, amigo mío: después de haber gastado mis fuerzas en esa tierra de que me habláis, no he conservado más que dos religiones: la de la vida, o sea mis amistades y mi deber de padre; la de la eternidad, o sea el amor y el respeto de Dios. Ahora tengo la revelación de que si Dios permitiese que en mi presencia mi amigo o mi hijo exhalasen su postrer aliento… ¡Oh! ni siquiera quiero deciros eso, D’Artagnan.

—¡Decidlo! ¡Decidlo!


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