El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Soy fuerte contra todo, menos contra la muerte de aquellos a quienes amo. Estoy viejo y se acabó el valor; pero si Dios me hiriese de frente y de esta suerte, le maldeciría, y un caballero cristiano no debe maldecir a Dios, D’Artagnan, trastornado por aquella violenta borrasca de dolores.

—D’Artagnan, amigo mío, vos que amáis a Raúl, vedle —añadió Athos mostrando a su hijo—; nunca le abandona la tristeza. ¿Hay más terrible, más aflictivo, que asistir minuto por minuto a la incesante agonía de ese mísero corazón?

—Dejadme que hable con él, Athos, ¿quién sabe?

—Probadlo; pero estoy convencido de que será en vano.

—No le prodigaré consuelos, sino que le serviré.

—¿Vos?

—Yo. ¿Sería la primera vez que una mujer volviese de su infidelidad? Voy allá.

Athos meneó la cabeza y continuó solo el paseo. D’Artagnan tomó por el atajo al través de las malezas, y al llegar a Raúl le tendió la mano y le dijo:

—¿Y bien?, ¿tenéis que decirme algo?

—Tengo que pediros un favor —respondió el vizconde.

—Hablad.

—Tarde o temprano vais a regresar a Francia.

—Tal espero.


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