El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Athos, apoyado en el brazo de su hijo a quien iba a perder, se absorbía en la más dolorosa meditación, y se aturdía con el ruido y el movimiento, cuando de repente vio llegar un oficial de Beaufort, que de parte de éste llamó a Raúl.

—Hacedme la merced de decir al señor príncipe —contestó Bragelonne—, que se sirva concederme una hora más para gozar de la presencia del señor conde.

—No —repuso Athos—, un edecán no puede estar separado de esta suerte de su general. Caballero, decid al príncipe que el vizconde irá en seguida.

El oficial se alejó al galope.

—Separarnos aquí o separarnos a bordo, al fin y al cabo resulta lo mismo —dijo Athos desempolvando cuidadosamente el traje de su hijo y pasándole la mano por los cabellos mientras iban andando—. Necesitáis dinero, Raúl; el señor de Beaufort es hombre gustoso, y estoy seguro de que allá tendréis gusto en comprar armas y caballos, que en aquella tierra son preciosos. Ahora bien, como no servís al rey ni al señor de Beaufort, y sólo dependéis de vuestro ilustre albedrío, no debéis contar con sueldo ni larguezas. Quiero, que nada os falte en Djidgeli. Tomad, ahí van doscientas pistolas para que las gastéis dispuesto al darme gusto.


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