El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Raúl estrechó la mano a su padre, y, al doblar la esquina de una calle, vieron al príncipe montado en magnífico caballo blanco que correspondía con graciosas corvetas a los aplausos de las damas de la ciudad.

El duque llamó a Raúl y tendió la mano al conde, a quien dijo tantas y tales cosas y con tan cariñosa expresión, que el corazón del infortunado padre se sintió un poco fortalecido.

En medio de aquel bullicio llegó un momento terrible, y fue el momento en que al abandonar la arena de la playa, soldados y marineros cruzaron con sus familias y sus amigos los últimos besos: momento supremo en que a pesar de la pureza del cielo, el calor del sol, los perfumes del aire y la agradable vida que circula por las venas, todo parece negro y amargo, y no obstante hablar por la boca de Dios, todo hace dudar de Dios.

Siendo el uso que el almirante y su estado mayor se embarcasen los últimos, el cañón aguardaba. Para lanzar su formidable voz, a que el generalísimo hubiese sentado los pies en la plancha que conducía a la capitana.

Athos, olvidando almirante, flota y su propia vanidad de hombre fuerte, abrazó a su hijo y lo estrechó convulsivamente contra su pecho.

—Acompañadnos a bordo y ganaréis media hora —dijo el duque conmovido.

—No —repuso Athos—, ya me he despedido, y no quiero hacerlo por segunda vez.


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