El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Entonces embarcaos pronto, vizconde —dijo el príncipe queriendo evitar lágrimas a aquellos dos hombres cuyos corazones estaban a punto de quebrantarse.

Y con ternura paternal, y fuerte como lo hubieras sido Porthos, el príncipe levantó a Raúl en brazos y lo colocó en el esquife, que al punto y a una seña del almirante se apartó de la orilla a impulsos de sus remos.

El mismo duque, prescindiendo de todo ceremonial, saltó al esquife, y con el pie, lo empujó mar adentro.

—¡Adiós! —gritó Raúl.

Athos solo pudo contestar con una seña; pero sintió algo ardiente en su mano: era el beso respetuoso de Grimaud, el último adiós del perro leal.

Athos se sentó en el muelle, desconsolado, sordo, abandonado. Cada segundo que transcurría le borraba una de las facciones, uno de los matices de la pálida tez de su hijo. Con los brazos caídos, fija la mirada y abierta la boca, el infeliz padre quedó confundido con Raúl en una misma mirada, en un mismo pensamiento, en un mismo estupor.


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