El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡El respeto que debéis a vuestro soberano! —prorrumpió D’Artagnan echando llamas por los ojos. El respeto que debe uno al su soberano consiste ante todo en hacer respetar su autoridad y hacer amable su persona. Todo agente de un poder absoluto representa ese poder, y cuando los pueblos maldicen la mano que los maltrata, Dios les pide cuentas a la mano real, ¿oís?

D’Artagnan tomó una actitud altiva, y con la mirada fiera, la mano sobre la espada y temblándole los labios, fingió más cólera que sentía.

Colbert, humillado y devorado por la rabia, saludó al rey como pidiéndole licencia para retirarse.

El rey, contrariado en su orgullo y en su curiosidad, no sabía qué hacer. D’Artagnan, al verle titubear, comprendió que de quedarse más tiempo en el gabinete sería cometer una falta; lo que él quería era conseguir un triunfo sobre Colbert, y la única manera de conseguirlo era herir tan hondo y en lo vivo al rey, que a éste no le quedase otra salida que escoger entre uno y otro antagonista.

D’Artagnan se inclinó; pero el rey, que ante todo quería saber nuevas exactas sobre el arresto del superintendente de hacienda, se olvidó de Colbert, que nada nuevo tenía que decir, y llamó a su capitán de mosqueteros, diciéndole:

—Señor de D’Artagnan, explicadme primero cómo habéis hecho mi comisión; luego descansaréis.


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