El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El gascón, que iba a salir, se detuvo a la voz del rey y retrocedió.
Colbert se inclinó ante él, se irguió a medias ante el mosquetero, y, con los ojos animados de fuego siniestro, y la muerte en el corazón, salió del gabinete.
—Sire —dijo D’Artagnan ya solo con el monarca y más tranquilo—, sois un rey joven, y a la aurora es cuando uno adivina si el día será hermoso o triste. ¿Qué queréis que augure de vuestro reinado el pueblo que dios ha puesto bajo vuestra ley, si dejáis que entre vos y él se interpongan ministros todo cólera y violencia? Pero hablemos de mí, Sire, dejemos una discusión que os parece ociosa y tal vez inconveniente. He arrestado al señor Fouquet.
—Largo tiempo os ha costado —repuso con acritud el monarca.
—Veo que me he explicado mal —dijo D’Artagnan mirando con fijeza a Luis XIV—. ¿He dicho a Vuestra Majestad que he arrestado al señor Fouquet?
—Sí, ¿y qué?
—Que rectifico diciendo que el señor Fouquet me ha arrestado a mí.