El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Entonces Luis XIV enmudeció de sorpresa, D’Artagnan, con su mirada de lince, comprendió lo que pasaba en el ánimo de su soberano, y, sin darle tiempo de hablar, contó, con la poesía y gracejo que tal vez únicamente él poseía en aquel tiempo, la evasión de Fouquet, la persecución, la encarnizada carrera, y, por último, la inimitable generosidad del superintendente, que pudiendo huir y matar a su perseguidor, había preferido la prisión, y quizás otra cosa peor, a la humillación de aquel que quería arrebatarle su libertad.

A medida que iba narrando el capitán de mosqueteros, Luis XIV se agitaba y devoraba las palabras mientras hacía chasquear unas contra otras sus uñas.

—Resulta, pues, Sire, a lo menos a mis ojos que el hombre que de tal suerte se conduce es caballeroso y no puede ser enemigo del rey. Tal es mi opinión, Sire, os lo repito. Sé lo que me vais a decir, y ante todo me inclino, pues para mí es muy respetable; pero soy soldado, y cumplida que me han dado, me callo.

—¿Dónde está ahora el señor Fouquet? —preguntó tras un instante de silencio el monarca.

—En la jaula de hierro que para él ha mandado construir el señor Colbert, y que en este instante vuela hacia Angers al galope de cuatro briosos caballos.

—¿Por qué os habéis separado de él por el camino?


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