El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Porque Vuestra Majestad no me dijo que yo fuera hasta Angers. Y la mejor prueba de ello es que Vuestra Majestad andaba buscándome hace poco. Además, me asistÃa otra razón, y es que, ante mÃ, el pobre señor Fouquet no hubiera intentado evadirse.
—¿DecÃs? —exclamó el rey estupefacto.
—He confiado su custodia al sargento más torpe de cuantos hay entre mis mosqueteros, al fin de que el preso se evada.
—¿Estáis loco, señor de D’Artagnan? —exclamó el rey cruzando los brazos.
—¡Ah! Sire, no esperéis que después de lo que el señor Fouquet acaba de hacer por vos y por mà que me convierta en su enemigo. No me confiéis nunca su custodia. Sire, si tenéis empeño en que quede bajo cerrojos; porque por muy fuerte que sean las rejas del la jaula, el pájaro acabará por volar.
—Me admira que no hayáis seguido desde luego la suerte de aquel a quien el señor Fouquet querÃa sentar en mi trono —repuso el rey con voz sombrÃa—. Asà os habrÃais ganado lo que os hace falta: afecto y gratitud. En mi servicio no se encuentra más que un amo.
—Si el señor Fouquet no hubiese ido por vos a la Bastilla, Sire —replicó D’Artagnan con energÃa—, sólo hubiese ido otro hombre, yo, y eso vos lo sabéis.