El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El rey se calló, nada tenÃa que objetar. Al escuchar a D’Artagnan, Luis XIV recordó al mosquetero de años antes, al que, en el palacio real, estaba escondido tras las colgaduras de su cama, cuando el pueblo de ParÃs, guiado por el cardenal de Retz, fue a asegurarse de la presencia del rey; al D’Artagnan a quien él saludaba con la mano desde la portezuela de su carroza al ir a Notre Dame regresando a ParÃs; al soldado que le dejó en Blois; al teniente a quien volvió a llamar junto a sÃ, cuando la muerte de Mazarino puso el poder en sus manos, al hombre siempre fiel, valiente y abnegado.
Luis se dirigió a la puerta y llamó a Colbert, que se presentó inmediatamente, pues no se habÃa movido del corredor en que estaban trabajando los secretarios.
—¿Habéis mandado hacer una pesquisa en casa del señor Fouquet? —preguntó el rey al intendente.
—SÃ, Sire —respondió Colbert.
—¿Qué resultado ha producido?
—El señor de Roncherat, a quien han acompañado los mosqueteros, me ha entregado algunos papeles.
—Los veré… Dadme vuestra mano.
—¿Mi mano, Sire?
—SÃ, para ponerla en la del señor de D’Artagnan.
Y volviéndose hacia el gascón, que al ver al intendente tomó de nuevo su actitud altiva, añadió: