El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Entonces —repuso el probo señor de Bracieux—, me habéis hecho una merced y os lo agradezco, porque si vos no me hubieseis engañado, pudiera yo haberme engañado a mà mismo. ¿Y en qué me habéis engañado, Aramis?
—En que yo servĂa al usurpador, contra quien Luis XIV dirige en este momento todos sus esfuerzos.
—Y el usurpador —repuso Porthos rascándose la frente— es… No comprendo bastante bien.
—Uno de los dos reyes que se disputan la corona de Francia.
—Ya. Eso quiere decir que servĂais al que no es Luis XIV.
—Esto es.
—De lo cual se sigue…
—Que somos rebeldes, mi buen amigo.
—¡Diantre!, ¡diantre!… —exclamó Porthos contrariado en sus esperanzas.
—Calmaos —repuso Herblay—, hallaremos manera de ponernos en salvo.
—No es eso lo que me inquieta —replicó Porthos—; lo que se me atraganta es el maldito calificativo de rebelde, y asà el ducado que me prometieron…
—TenĂa que dároslo el usurpador.
—No es lo mismo, Aramis —repuso majestuosamente el gigante.