El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Como solamente habría dependido de mí, habríais sido príncipe.

—He ahí en lo que habéis hecho mal en engañarme —replicó el señor de Bracieux royéndose las uñas con melancolía—; porque yo contaba con el ducado que se me ofreció, y en serio, pues sabía que erais hombre de palabra.

—¡Pobre Porthos! Perdonadme por caridad.

—¿Así, pues, estoy del todo enemistado con Luis XIV? —insinuó Porthos sin responder al ruego del obispo de Vannes.

—Dejad en mis manos este asunto; os prometo arreglarlo. Yo cargaré con todo.

—¡Aramis!…

—Dejadme hacer, repito, Porthos. Nada de falsa generosidad ni de abnegación importuna. Vos ignorabais en todo mis proyectos, y si algo habéis hecho, no ha sido por vos mismo. En cuanto a mí, es muy distinto: soy el único autor de la conjuración; y como tenía necesidad de mi compañero inseparable, os envié a buscar y vinisteis, fiel a vuestra antigua divisa: «Todos para uno, cada uno para todos». Mi crimen está en haber sido egoísta.

—Aprueba lo que acabáis de decirme —repuso Porthos—. Puesto que habéis obrado únicamente por vos, nada puedo echaros en cara. ¡Es tan natural el egoísmo!


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