El hombre de la máscara de hierro

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Dicha esta frase sublime, Porthos estrechó cordialmente la mano a Aramis, que en presencia de aquella candorosa grandeza de alma se sintió pequeño. Era la segunda vez que se veía forzado a doblegarse ante la superioridad real del corazón, mucho más poderosa que el esplendor de la inteligencia, y respondió a la generosa caricia de su amigo con una muda y enérgica presión.

—Ahora que nos hemos explicado claramente —repuso Porthos—, y sé cuál es mi situación ante Luis XIV, creo que ha llegado el momento de que me hagáis comprender la intriga política de que somos víctimas, porque yo veo que bajo todo eso existe una intriga política.

—Como va a venir D’Artagnan —contestó Aramis—, él os la contará en detalle, mi buen Porthos. Yo estoy transido de dolor, muerto de pesadumbre y necesito de toda mi presencia de ánimo y de toda mi reflexión para salvaros del mal paso en que con tanta imprudencia os he metido; pero ya conocemos nuestra situación; ahora al rey Luis XIV no le queda más que un enemigo, y ese enemigo soy yo, sólo yo. Os traje a mí, me seguisteis, y hoy os devuelvo la libertad para que volváis a vuestro príncipe. Ya veis que el camino es fácil.


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