El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Entonces —replicó Porthos con admirable buen sentido—, ¿por qué si nuestra situación es tan buena, preparamos cañones, mosquetes y toda clase de aparatos de guerra? más sencillo serÃa decir al capitán D’Artagnan: «Amigo mÃo, nos hemos equivocado, y hay que dejar las cosas como estaban; abridnos la puerta, dejadnos pasar, y buenos dÃas».
—Veo una dificultad.
—¿Cuál?
—Dudo que D’Artagnan venga con tales órdenes, y nos veremos obligados a defendernos.
—¡Bah! ¿Defendernos contra D’Artagnan? ¡Qué locura! ¿Contra el buen D’Artagnan?…
—No raciocinemos como niños —dijo Herblay sonriéndose con cierta tristeza—; en el consejo y en la ejecución, seamos hombres. ¡Hola! desde el puerto llaman con la bocina a una embarcación. Atención, Porthos, mucha atención.
—Será D’Artagnan —dijo Porthos con voz atronadora y acercándose al parapeto.
—Yo soy —respondió el capitán de mosqueteros saltando con ligereza a los escalones del muelle y subiendo con presteza hasta la pequeña explanada donde le aguardaban sus dos amigos.
Al saltar en tierra D’Artagnan, Porthos y Aramis vieron a un oficial que seguÃa al gascón como la sombra sigue al cuerpo.