El hombre de la máscara de hierro

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El capitán se detuvo en las gradas del muelle, en medio de su camino, y el compañero le imitó:

—Haced retirar la gente —dijo D’Artagnan a Porthos y a Aramis—; fuera del alcance de la voz.

Porthos dio la orden, que fue ejecutada inmediatamente.

Entonces el gascón se volvió hacia su seguidor y le dijo:

—Caballero, ya no estamos en la flota del rey, donde y en virtud de ciertas órdenes, me habéis hablado con tal arrogancia hace poco.

—Señor de D’Artagnan —replicó el oficial—, no he hecho más que obedecer sencilla, aunque rigurosamente, lo que me han mandado. Me han dicho que os siguiera, y os sigo; que no os dejara comunicar con persona alguna sin que yo me entere de lo que hacéis, y me entero.

D’Artagnan se estremeció de cólera, y Porthos y Aramis, que oían aquel diálogo, se estremecieron también, pero de inquietud y de temor.

El mosquetero se mordió el bigote con la rapidez que en él era significativa de una exasperación terrible, y en voz más baja y tanto más acentuada, cuanto simulaba una calma profunda y se henchía de rayos, dijo:


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