El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Ah! señores, es que, de hablar, hago traición a la consigna; pero escuchad, habla una voz que me releva de mi compromiso.
—¡El cañón! —exclamó Porthos.
—¡El cañón y la mosquetera! —prorrumpió el obispo.
Entre las rocas y a lo lejos oíase el fragor siniestro de un combate breve.
—¿Qué significa eso? —dijo Porthos.
—Lo que yo sospeché —respondió Aramis.
—¿Y qué habéis sospechado? —preguntó el prisionero.
—Que vuestra embestida no era más que un ataque simulado, y que mientras vuestras compañías se dejaban rechazar, teníais la certeza de efectuar un desembarco en la parte opuesta de la isla.
—No uno, sino muchos —contestó Biscarrat.
—Entonces estamos perdidos —repuso con toda calma el prelado.
—No digo que no estemos perdidos —arguyó el señor de Pierrefonds—; pero todavía no nos han hecho prisioneros, ni mucho menos estamos ahorcados.