El hombre de la máscara de hierro

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Dicho esto, Porthos se levantó de la mesa, se acercó a la pared del aposento, y descolgó con la mayor impasibilidad su espada y sus pistolas que inspeccionó con el minucioso cuidado del veterano que se dispone a luchar y que conoce que su vida depende en gran parte de las excelencias y del buen estado de sus armas.

Al estampido de los cañonazos, a la nueva de la sorpresa que podía poner la isla en manos de las tropas reales, la muchedumbre entró aterrada y atropelladamente al fuerte para pedir auxilio y consejo a sus jefes. Aramis, pálido y vencido, se asomó, entre dos hachones, a la ventana que daba al patio principal, en aquel instante lleno de soldados que esperaban órdenes y dijo con voz grave y sonora:

—Amigos míos, el señor Fouquet, vuestro protector, vuestro arraigo, vuestro padre, ha sido arrestado por orden del rey y sepultado en la Bastilla.

—¡Venguemos al señor Fouquet! ¡Mueran los realistas! —gritaron los más exaltados.




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