El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No, amigos míos —contestó solemnemente el prelado—, no opongáis resistencia. El rey es señor en su reino. Humillaos ante Dios y amad a Dios, y al rey, que han castigado al señor Fouquet. Pero no venguéis a vuestro señor, ni lo intentéis, pues os sacrificaríais en vano, y sacrificaríais esposas, hijos, bienes y libertad. Pues el rey os lo ordena, abajo las armas, amigos míos, y retiraos sosegadamente a vuestras casas. Os lo pido, os lo ruego, y si fuera menester os lo ordeno en nombre del señor Fouquet.

La muchedumbre reunida al pie de la ventana acogió las palabras de Aramis con un murmullo de cólera y de terror.

—Los soldados del rey Luis XIV han entrado en la isla —prosiguió Herblay—, y ya no sería un combate lo que hubiese entre ellos y vosotros, sino una carnicería. Idos, pues, y olvidad; y ahora os lo ordeno en nombre de Dios.

Aunque con lentitud, los amotinados se retiraron sumisos y silenciosos.

—¿Qué demonios acabáis de decir, amigo mío? —dijo Porthos.

—Habéis salvado a esos habitantes, caballero —repuso Biscarrat—, pero no a vos ni a vuestro amigo.

—Señor de Biscarrat —dijo con acento noble y cortés el obispo de Vannes—, hacedme la merced de marcharos.


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