El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Con mil amores, caballero; pero…

—Nos haréis un favor con ello, señor de Biscarrat, porque al anunciar vos al teniente del rey la sumisión de los moradores de la isla y decirle cómo se ha verificado la sumisión, tal vez consigáis para nosotros alguna gracia.

—¡Gracia! ¿Qué palabra es esa? —exclamó Porthos despidiendo rayos por los ojos.

Aramis dio un fuerte codazo a su amigo, como hacía en sus buenos años, cuando quería advertirle que iba a cometer o había cometido alguna torpeza.

—Iré, señores —dijo Biscarrat, sorprendido también de haber oído la palabra «gracia» en boca del altivo mosquetero de quien poco hacía contó y ensalzó con entusiasmo las heroicas proezas.

—Id, pues, señor de Biscarrat —dijo Aramis—, y contad anticipadamente con nuestra gratitud.

—Pero entretanto ¿qué va a ser de vosotros, señores, de vosotros a quienes me honro en llamar amigos míos, ya que os habéis dignado aceptar este título? —repuso el oficial, conmovido, al despedirse de los dos antiguos adversarios de su padre.

—Nos quedamos aquí.

—Ved que la orden es formal, señores.

—Soy obispo de Vannes, señor de Biscarrat, y así como no arcabucean a un obispo, tampoco ahorcan a un noble.


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