El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Tenéis razón, monseñor —dijo Biscarrat—; todavía podéis contar con esta posibilidad. Parto, pues, en busca del jefe de la expedición, del teniente del rey. Guárdeos Dios, señores; o mejor dicho, hasta la vista.

El oficial montó sobre un caballo que Aramis le hizo preparar, y partió hacia donde se oían los mosquetazos cuando la irrupción de la muchedumbre en el fuerte interrumpió la conversación de los dos amigos con su prisionero.

—¿Comprendéis? —preguntó Aramis a Porthos una vez a solas con su amigo y después de haber mirado cómo partía Biscarrat.

—Nada —respondió el gigante.

—¿Por ventura no os molestaba la presencia de Biscarrat?

—No, es un buen muchacho.

—Sí, pero ¿es prudente que todo el mundo conozca la gruta de Locmaría?

—¡Ah, diantre! ¡Es verdad! ¡Es verdad! Comprendo, comprendo. Nos escapamos por el subterráneo.

—Si gustáis —repuso jovialmente Herblay—. Andando, amigo Porthos, nuestra barca nos espera, y el rey todavía no nos ha echado la mano.

Un silencio espantoso reinaba en la isla.


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