El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El subterráneo de LocmarÃa estaba bastante lejos del muelle para que los dos amigos tuviesen necesidad de economizar sus fuerzas antes de llegar a él. Por otra parte, habÃa sonado ya la media noche en el reloj del fuerte, y Aramis y Porthos iban cargados de dinero y de armas. Caminaban, pues, nuestros dos fugitivos por el arenal que separaba del subterráneo el muelle, oÃdo atento y procurando evitar todas las emboscadas. De cuando en cuando y por el camino que deliberadamente dejaban a su izquierda, pasaban habitantes procedentes del interior, a quienes hizo huir la nueva del desembarco de los realistas. Al fin y tras una rápida carrera, frecuentemente interrumpida por prudentes paradas, los dos amigos penetraron a la profunda gruta de LocmarÃa, y a la que el previsor obispo de Vannes hizo llevar, sobre cilindros, una barca capaz de afrontar las olas en aquella hermosa estación.
—Mi buen amigo —dijo Porthos después de haber respirado estrepitosamente—, por lo que se ve ya hemos llegado; pero si mal no me acuerdo, me hablasteis de tres hombres, que debÃan acompañaros. ¿Dónde están que nos los veo?