El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Indudablemente nos aguardan en la caverna, donde de fijo descansan del penoso trabajo que han hecho. —Y al ver que Porthos iba a entrar en el subterráneo, le detuvo, y añadió—: Dejad que pase yo delante, mi buen amigo. Como sólo conozco yo la señal que he dado a los nuestros, os recibirían a tiros u os lanzarán sus cuchillos en la oscuridad.

—Pasad, amigo Aramis, sois todo sabiduría y prudencia. ¡Pardiez, pues no me flaquean otra vez las piernas!

Aramis dejó sentado a Porthos en la entrada de la gruta, y encorvado se internó en ella y lanzó un grito imitando al del mochuelo, al que contestó un arrullo plañidero y apenas perceptible, que invitó a Herblay a continuar su marcha prudente, hasta que le detuvo un grito igual al que él lanzó al entrar, y que resonó a diez pasos de él.

—¿Sois vos, Ibo? —preguntó el obispo.

—Sí, monseñor, y también Goennec con su hijo.

—Bueno. ¿Está todo preparado?

—Sí, monseñor.

—Llegaos los tres a la entrada de la gruta, mi buen Ibo, donde está descansando el señor de Pierrefonds.

Los tres bretones obedecieron; Porthos, rehecho, entraba ya, y sus fuertes pisadas resonaban en medio de las cavidades formadas y sostenidas por las columnas de sílice y de granito.


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