El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro En cuanto se unió el señor de Bracieux con el obispo, los bretones encendieron una linterna de que se proveyeron.
—Veamos la barca —dijo Aramis—, y cerciorémonos de lo que encierra.
—No acerquéis mucho la luz, monseñor —dijo el patrón Ibo—, pues según me habéis recomendado, he metido, bajo el banco de popa, el barril de pólvora y las cargas de mosquete, que desde el fuerte me habÃais enviado.
—Está bien —repuso Herblay. Y tomando la linterna, inspeccionó minuciosamente la barca, con todas las precauciones del hombre ni tÃmido ni ignorante ante el peligro.
La barca era larga, ligera, de poco calado, de quilla estrecha, bien construida, como tienen fama de construirlas en Belle-Isle, de bordas un poco altas, resistente en el agua, muy manejable, y provista de tablas para formar con ellas en tiempo inseguro como una cubierta por la que se deslizan las olas y protege a los remeros.