El hombre de la máscara de hierro

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—Eso es lo menos, monseñor —repuso el patrón Ibo con el mayor respeto—. Pero creo que por la pendiente del subterráneo y en medio de la oscuridad en que nos veremos obligados a maniobrar nuestra embarcación, el camino no será tan cómodo como el aire libre. Yo conozco la costa y puedo deciros que es rasa; el interior de la gruta, al contrario, es escabroso, sin contar que al extremo de ella vamos a dar con la salida que conduce al mar y por la cual tal vez no pase la barca.

—Ya he echado mis cálculos —dijo el obispo—, y estoy seguro de que pasará.

—Bien, monseñor —insistió el patrón—; pero vuestra grandeza sabe muy bien que para hacer llegar la barca a la extremidad de la salida, es preciso quitar una piedra enorme, aquella por debajo de la cual se escurren siempre los zorros y que cierra la salida como una puerta.

—No importa —dijo Porthos—, la quitaremos.

—Creo que el patrón tiene razón —repuso Aramis—. Probemos al aire libre.

—Tanto más, monseñor —continuó el marino—, cuanto no podemos embarcarnos antes que amanezca; tal es el trabajo que falta hacer. Además, en cuanto claree, es menester que en la parte superior de la gruta se coloque un buen vigía para vigilar las maniobras de las chalanas y de los cruceros que nos acecharán.

—Decís bien, Ibo, pasaremos por la costa.


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