El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Y los tres robustos bretones habían colocado ya sus rodillos bajo la barca e iban a hacerla deslizar, cuando en el campo y lejos resonaron ladridos que movieron a Aramis a salir de la gruta, y a Porthos a seguir a su amigo.

El alta teñía de púrpura y nácar mar y llanura; en medio de aquella vaga claridad veíanse los pequeños y melancólicos abetos retorcerse sobre las piedras, y largas bandadas de cuervos rasaban con sus negras alas los sembrados de trigo. Sólo faltaba un cuarto de hora para el nuevo día, al que anunciaban con sus alegres gorjeos los pajarillos. Los ladridos que detuvieron en su tarea a los tres bretones e hicieron salir de la gruta a los dos amigos, se prolongaban en un profundo collado, casi a una legua del subterráneo.

—Es una jauría —dijo Porthos—; los perros están sobre un rastro.

—¿Qué es eso? ¿Quién caza a estas horas? —repuso Herblay.

—Y sobre todo por este lado, donde temen la llegada de las tropas reales —prosiguió Porthos—. Pero… ¡Ibo! ¡Ibo! Llegaos acá.

Ibo acudió dejando el cilindro que aun tenía en la mano e iba a colocar bajo la barca cuando la exclamación del obispo le interrumpió en su tarea.

—¿Qué caza es esa, patrón? —preguntó Porthos.


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